La geopolítica del odio y la intolerancia

La geopolítica del odio y la intolerancia

Por: Marco Torres C.

Vivimos en una época en la que la información circula a una velocidad sin precedentes, pero también lo hacen las emociones. El miedo, la indignación, el resentimiento y el odio ya no son únicamente reacciones individuales: se han convertido en herramientas de poder. La geopolítica contemporánea no solo se disputa con ejércitos, tratados comerciales o recursos naturales; también se libra en el terreno de las emociones colectivas.

El psicólogo social Henri Tajfel demostró que basta una división mínima entre personas para que aparezcan favoritismos hacia “los nuestros” y desconfianza hacia “los otros”. No hace falta una historia de conflicto ni diferencias profundas. La sola existencia de un grupo es suficiente para activar mecanismos de identidad y exclusión. Desde ese momento, la realidad deja de analizarse por sus hechos y comienza a interpretarse según la pertenencia.

Sara Ahmed llevó esta reflexión un paso más allá al explicar que las emociones no permanecen encerradas dentro de los individuos. Circulan entre discursos, símbolos, medios de comunicación y comunidades. El miedo, la ira o el resentimiento pueden transmitirse, amplificarse y fijarse sobre determinadas palabras: migrante, extranjero, élite, patriota, comunista, fascista, terrorista. Con el tiempo, esas palabras dejan de describir personas para convertirse en detonantes emocionales.
En ese contexto, René Girard identificó uno de los mecanismos más antiguos de organización social: el chivo expiatorio. Cuando una sociedad atraviesa incertidumbre económica, inseguridad o frustración política, surge la tentación de atribuir todos los males a un enemigo claramente identificable. La complejidad desaparece y el culpable ofrece una explicación sencilla. El enemigo no solo explica el problema; también une al grupo.

Así nace la polarización afectiva. Ya no basta con discrepar de una propuesta política. El adversario deja de ser alguien con quien debatir para convertirse en una amenaza moral. Escuchar al otro parece una traición. Negociar parece debilidad. La política deja de ser un espacio para administrar diferencias y se transforma en un campo donde solo puede existir un vencedor y un derrotado.

Este fenómeno no pertenece exclusivamente a una ideología. La historia demuestra que tanto gobiernos de izquierda como de derecha, democracias y dictaduras, movimientos religiosos y nacionalistas han utilizado la construcción del enemigo para consolidar poder. Cambian los nombres del supuesto adversario, pero el mecanismo psicológico permanece intacto.

En el escenario internacional ocurre exactamente lo mismo. Antes de justificar una guerra, una intervención militar o la suspensión de derechos, resulta necesario convencer a la población de que el otro no merece empatía. Primero se construye el relato; después llegan las decisiones políticas. La deshumanización casi siempre precede a la violencia.

Las redes sociales han acelerado este proceso. Sus algoritmos premian aquello que provoca reacciones intensas. La indignación genera más interacción que la reflexión; el escándalo viaja más rápido que el contexto; la simplificación obtiene más atención que los matices. Poco a poco, las cámaras de eco convierten la identidad política en identidad emocional. Dejamos de buscar información para empezar a buscar confirmación.

Cuando aceptamos sin verificar una noticia porque perjudica a quien ya consideramos enemigo; cuando celebramos la humillación pública del adversario; cuando justificamos abusos porque afectan “al otro”; cuando aplicamos principios distintos según quién sea la víctima, el odio deja de ser una emoción ocasional y se convierte en una práctica cotidiana.
Nada de esto significa renunciar a las convicciones, negar los conflictos reales o fingir una neutralidad imposible. Existen agresiones, injusticias y responsabilidades que deben señalarse con claridad. Pero una sociedad madura distingue entre exigir justicia y promover el odio; entre criticar un gobierno y condenar a un pueblo; entre combatir una ideología y deshumanizar a quienes la sostienen.

La verdadera fortaleza de una democracia no consiste en eliminar el conflicto, sino en impedir que el adversario sea transformado en enemigo absoluto. Cuando desaparecen los matices, desaparece también la posibilidad de comprender. Y cuando comprender deja de importar, cualquier forma de intolerancia puede terminar pareciendo legítima.

La pregunta más importante de nuestro tiempo quizá no sea de qué lado estamos, sino quién se beneficia de que dejemos de ver seres humanos y empecemos a ver únicamente enemigos.

Porque toda narrativa que necesita borrar la complejidad para movilizar a las masas no busca ampliar nuestra comprensión del mundo. Busca dirigir nuestras emociones. Y quien controla nuestras emociones termina, tarde o temprano, condicionando nuestras decisiones.

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