
Opinión: Las campañas políticas no hablan de propuestas, más hablan de nosotros

Por: Marco Torres C.
Cada vez que arranca un proceso electoral repetimos el mismo reclamo: «esta campaña no tiene propuestas». Pero quizás el problema no sea únicamente lo que dicen los candidatos, sino lo que nosotros, como sociedad, estamos dispuestos a escuchar. Una campaña se diseña con datos, grupos objetivos y algoritmos que miden con precisión qué nos indigna, qué nos asusta y qué nos emociona. Si triunfa el eslogan sobre el plan de gobierno, no es solo porque alguien decidió simplificar el debate público: es porque un eslogan bien calibrado conecta con un miedo o un deseo que ya estaba ahí, esperando ser nombrado.
Frases como «mano dura» funcionan porque tocan una emoción colectiva real, no porque sean, en sí mismas, un proyecto de país. Un proyecto tendría que responder contra quién se ejerce esa dureza, con qué instituciones, bajo qué controles y con qué límites. La emoción es legítima; la ausencia de respuesta institucional, no. El problema es que hemos aprendido a premiar la intensidad del gesto por encima de la solidez del plan, y las campañas, que son sensibles a lo que premiamos, se ajustan a esa demanda con una eficiencia notable.
Ahí aparece la diferencia entre representar y manipular. Representar es tomar una emoción social —el miedo, el resentimiento, la nostalgia— y convertirla en una salida política responsable, con mecanismos y consecuencias claras. Manipular es tomar esa misma emoción, intensificarla y transformarla en un mecanismo de poder que no necesita rendir cuentas. La distancia entre ambas no depende únicamente del candidato: depende también de qué tan dispuestos estemos, como electorado, a exigir la primera opción en lugar de conformarnos con la segunda porque nos resulta más fácil de sentir.
Hemos confundido visibilidad con proyecto. Que un mensaje se vuelva viral no implica que haya sido pensado con profundidad, ni que quien lo emite pueda sostener después la complejidad de gobernar. Y aun así seguimos midiendo el éxito político en términos de alcance, de reacción, de espectáculo, dejando en segundo plano preguntas más incómodas: contra qué problema estructural se está proponiendo algo, con qué recursos, con qué garantías para quienes no piensan igual. Una democracia madura debería poder ofrecer seguridad sin deshumanización y autoridad sin necesidad de convertirla en escena, pero eso exige un público dispuesto a pedirlo.
Por eso, cuando decimos que las campañas no hablan de propuestas, en realidad estamos describiendo también nuestro propio reflejo. La política se ha ido adaptando a un consumo que privilegia la reacción antes que la comprensión, el bando antes que la idea. Si queremos campañas distintas, probablemente el primer paso no sea exigirle más al candidato de turno, sino exigirnos más a nosotros mismos como audiencia: premiar la profundidad en lugar del impacto, y aceptar que pedir un proyecto serio no es ingenuidad, sino la condición mínima para que la democracia no termine gobernada, simplemente, por la emoción del momento.


