Hoy se recuerda la masacre obrera del 15 de noviembre de 1922

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Imagen: Internet

El 15 de noviembre de 1922, miles de trabajadores salieron a las calles de Guayaquil con la esperanza de ser escuchados. Exigían lo justo: condiciones laborales dignas, salarios que les permitieran vivir con decoro, y la liberación de compañeros detenidos. La huelga general, que había comenzado días antes, se convirtió en una marcha pacífica. Pero la respuesta del Estado fue brutal.

En esa fecha, el Ejército actuó como brazo armado de las élites, no como garante de los derechos ciudadanos. Los grupos de poder temían que la organización obrera se convirtiera en una fuerza política capaz de desafiar sus privilegios. La huelga fue vista como una amenaza al statu quo.

Por orden del presidente José Luis Tamayo, el Ejército abrió fuego contra los manifestantes. La masacre fue inmediata y devastadora. Aunque las cifras oficiales son inciertas, diferentes historiadores y relatos estiman que entre 90 y 900 personas fueron asesinadas. Muchos cuerpos habrían sido arrojados al Estero Salado, otros habrían sido enterrados en fosas comunes.

En la novela Baldomera (1938), el escritor ecuatoriano Alfredo Pareja Diezcanseco describe parte de la masacre en  el siguiente texto:

«Baldomera vio caer a muchas a su lado. Se desplomaban y ni siquiera sus gritos se oían. Sólo a cada momento, la voz del oficial: -¡Fuegoo! Y la descarga cerrada, estridente, silbante. Las calles se teñían en sangre. Baldomera había llegado a la cabeza de la manifestación. Movía los brazos en el aire y gritó hasta enronquecer. Poco rato duró la sugestión de su figura. Los brazos, con los puños cerrados, cortaban el aire. Se alzaban picos, palos, banderas rojas, letreros(…) Los niños con las manos crispadas, arrugando las mantas de las madres, chillando, las facciones paralizadas. Y sin armas, carajo, con qué matar soldados y generales».

Un símbolo de lucha y dignidad

La Masacre de 1922 no solo dejó una herida profunda en la historia del Ecuador. También sembró una semilla de conciencia obrera que germinó en sindicatos, movimientos sociales y generaciones que entendieron que la justicia no se mendiga: se construye.

Este episodio es recordado como el “bautismo de sangre” de la clase trabajadora ecuatoriana. Desde entonces, el 15 de noviembre se ha convertido en una fecha de duelo, pero también de reafirmación: de que la vida humana no puede ser sacrificada en nombre del orden, y de que la dignidad del trabajo es sagrada.

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