
Opinión: Los desastres naturales son la normalidad

Por: Marco Torres C
La naturaleza produce amenazas, pero la política determina cuánto se convierten en tragedia. Durante décadas, la comunidad científica ha advertido que el calentamiento global intensificará las olas de calor, sequías, incendios, lluvias extremas y pérdidas agrícolas. Lo que antes podía parecer excepcional hoy se repite en distintas regiones del planeta. La sorpresa ya no es científica: es política.
Un incendio, una inundación o una ola de calor pueden tener un origen natural, pero la magnitud del desastre depende de decisiones humanas: dónde se permite construir, cuánto se invierte en prevención, qué infraestructura se adapta y quién recibe protección. No actuar también es una decisión. Postergar regulaciones, mantener modelos energéticos contaminantes o reducir la inversión preventiva tiene consecuencias que terminan pagando las sociedades.
Además, el cambio climático no afecta a todos por igual. Quien puede escapar del calor, trabajar desde casa o pagar sistemas de refrigeración tiene más opciones que quien vive en una vivienda precaria o trabaja expuesto al sol. Cuando se pierden viviendas, cosechas, empleos y condiciones de habitabilidad, aparecen desplazamientos y nuevas desigualdades. La crisis climática es, por tanto, también una crisis social.
Gobernar no consiste en aparecer cuando las llamas ocupan las portadas, sino en actuar antes: reducir emisiones, gestionar bosques, adaptar ciudades e infraestructuras, rehabilitar viviendas y proteger a las poblaciones más vulnerables. Por eso, ante el próximo “desastre natural”, conviene preguntar: ¿qué advertencias fueron ignoradas?, ¿qué medidas no se tomaron?, ¿quién pudo ponerse a salvo y quién pagará la reconstrucción? El clima está cambiando; la responsabilidad política no puede seguir evaporándose.


