
Opinión: El verdadero desafío de la población es aprender a vivir en comunidad

Por: Estefanía Camelos P.
Cada 11 de julio se conmemora el Día Mundial de la Población. Generalmente esta fecha viene acompañada de estadísticas sobre cuántos habitantes tiene un país, cuánto hemos crecido o cómo cambia la composición demográfica. Sin embargo, creo que la conversación debería ir mucho más allá de los números.
La población no son las cifras que aparecen en un censo. La población somos nosotros: quienes caminamos las calles, ocupamos los parques, educamos, trabajamos, emprendemos, cuidamos y compartimos un mismo territorio. Por eso, hablar de población es hablar de convivencia, de derechos y, sobre todo, de la capacidad que tenemos para construir comunidad.
Hoy el mundo enfrenta retos cada vez más complejos. La urbanización acelerada, el cambio climático, la desigualdad, la migración y el envejecimiento de la población están obligando a replantear la manera en que planificamos nuestras ciudades. No es casual que organismos internacionales impulsen iniciativas para construir ciudades más saludables, sostenibles e inclusivas, especialmente para niñas, niños y adolescentes. La razón es sencilla: cuando una ciudad funciona para quienes históricamente han tenido menos oportunidades de ser escuchados, termina funcionando mejor para todas las personas.
Pero todavía arrastramos una práctica que pocas veces cuestionamos: el adultocentrismo. Seguimos creyendo que solo las personas adultas sabemos qué necesita una ciudad y qué decisiones son las correctas. Mientras tanto, niñas, niños y adolescentes suelen participar únicamente como espectadores o receptores de políticas públicas, cuando deberían ser actores con voz propia en la construcción de su presente y de su futuro.
Y este principio no aplica únicamente para ellos. Una sociedad democrática necesita que todos los grupos sociales puedan participar en los espacios donde se toman las decisiones. Mujeres, jóvenes, personas adultas mayores, personas con discapacidad, pueblos y nacionalidades, habitantes del sector rural, organizaciones barriales, colectivos ciudadanos y academia deben tener la posibilidad real de aportar a la construcción de las políticas públicas. La participación no puede reducirse a una reunión para cumplir un requisito; debe convertirse en una forma cotidiana de gobernar.
También es momento de replantear nuestra idea del liderazgo. En una época marcada por las redes sociales y la inmediatez, muchas veces confundimos liderazgo con exposición. Aparecen falsos líderes que buscan protagonismo permanente, pero que poco contribuyen a fortalecer el tejido social. El liderazgo auténtico no gira alrededor de una persona; crea las condiciones para que más ciudadanos participen, dialoguen y encuentren soluciones colectivas a los problemas comunes.
Las comunidades fuertes no nacen por generación espontánea. Se construyen cuando existen espacios que favorecen el encuentro entre las personas: un parque lleno de familias, una biblioteca abierta al barrio, una cancha donde los jóvenes puedan reunirse, un centro cultural, una casa comunal o una mesa de diálogo donde las diferencias puedan convertirse en acuerdos. Allí se genera confianza, pertenencia y corresponsabilidad, tres elementos indispensables para cualquier sociedad que aspire al desarrollo.
Los gobiernos locales tienen una responsabilidad enorme en este desafío. No basta con administrar servicios o ejecutar obras; también deben crear oportunidades para que la ciudadanía participe, se organice y sienta que forma parte de las decisiones que transforman su ciudad. Una buena gestión no solo construye infraestructura, también fortalece vínculos entre las personas.
En Riobamba hemos comenzado a entender que el desarrollo no puede medirse únicamente por el cemento. También debe medirse por la capacidad que tenemos para escuchar a nuestras niñas, niños y adolescentes, para abrir espacios a las juventudes, para valorar la experiencia de las personas adultas mayores y para reconocer que la diversidad social es una fortaleza y no un obstáculo.
Quizá esa sea la mayor reflexión que deja este Día Mundial de la Población. El desafío no es únicamente cuántos somos. El verdadero desafío es cómo convivimos, cómo participamos y qué tan capaces somos de construir una ciudad donde todas las personas, sin importar su edad, condición o lugar de origen, tengan la oportunidad de ser escuchadas y de aportar al bien común. Porque una ciudad que escucha a su gente siempre tendrá más posibilidades de construir un mejor futuro.


