Mi ciudad y los alharaquientos

German Flor Cevallos
Por: Germán Flor Cevallos
Vivo en los Andes, cerca de la Línea Ecuatorial. Vivo en una ciudad preciosa rodeada de montañas con paisajes únicos. Vivo a 3 horas de viaje de la selva Amazónica, a 4 horas de viaje de las playas del Pacífico. Vivo en el centro de mi país, equidistante de todas las fronteras.
Vivo rodeado de mucha gente buena, amable, solidaria, amante de la paz y de los buenos modales. Y también acompañado de otros que no son amables, ni solidarios, ni les gustan la paz y los buenos modales. Estos últimos son los más alharaquientos.
Desde hace tiempo, los alharaquientos de mi ciudad han ganado terreno. No hay Presidente de la República que les agrade. No hay Prefecto Provincial o Gobernador que les simpatice. No hay Alcalde Cantonal que les guste. No hay Dirigente Deportivo que les entusiasme. No hay General ni Obispo que les deje tranquilos. Y no solamente eso, resulta que ellos tienen altísimas atribuciones, otorgadas por ellos mismos, para utilizar las redes sociales y juzgar, cuestionar, criticar e insultar a quien les plazca, con la cruel frialdad de un alharaquiento.
¿Que proponen los alharaquientos? ¡Que se vayan todos los que fueron electos! ¿Y para qué? Eso no importa, solamente importa que se vayan. ¿Y por quien los reemplazamos? Por cualquiera, pero que se vayan. ¿Y por cuánto tiempo? ¡Por el tiempo que tome encontrarle los defectos al reemplazo y empezar un nuevo proceso de alharaca… ¡
Y así nomas funciona el sistema. Una y otra vez en un bucle infinito.
Los alharaquientos aprovechan que estamos mal acostumbradas a que todo lo resuelva el Estado. No tienen el valor de aceptar que existe un grave déficit de educación y de falta de sentido de pertenencia al lugar natal. Las calles se ensucian por falta de buenas costumbres y de civismo, el agua escasea por el abundante desperdicio, la energía eléctrica se considera un servicio inagotable. La movilidad se complica por la falta de paciencia y de empatía.
Parece que estamos demasiado pasivos los integrantes del colectivo en el que vivimos. ¿Podríamos sembrar más árboles? SI. ¿Podríamos poner la basura en su lugar, separándola para que otros la reciclen? SI. ¿Podríamos gastar agua y energía con conciencia ecológica? SI. ¿Podríamos tener una actitud más amable en el tema de la movilidad? SI. Esto y mucho más podríamos hacer sin esperar que lo haga el Estado. Pero claro, de esto no hablarán los alharaquientos porque señalar defectos colectivos es una práctica políticamente incorrecta. Ellos conocen los defectos colectivos y sus propias limitaciones, pero las esconden bajo la alfombra de su imagen que, más que combativa, es insoportablemente destructora.
GAFC 6/12/24
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