El Escudo de Armas de la Antigua Riobamba no representa a la ciudad actual

Por: Edwin Chávez Medina

En los tempranos años de la colonia, cuando la villa de Riobamba se enseñoreaba en la llanura de Liribamba, recibió el insigne privilegio de un Escudo de Armas al igual que las grandes ciudades del vasto imperio español. Aquella imagen heráldica no era un mero ornamento: era la proclamación gráfica del poder, el dominio y la gloria del conquistador ibérico, plasmados con símbolos que aún hoy nos interpelan. Veamos con mirada actual aquello que el tiempo ha querido silenciar.

Coronando el escudo, como un centinela del pasado, se alza un yelmo: metáfora de la fuerza imperial, emblema del castellano armado que, cruzando océanos, impuso su ley y su fe en estas tierras. Su presencia no es casual: grita, en silencio, la presencia de un poder foráneo que no pedía permiso, sino obediencia.

En el campo de gules, encendido como la sangre derramada, se cruzan la cruz y la espada, instrumentos gemelos del sometimiento. Con una mano, los conquistadores blandían el acero; con la otra, elevaban el símbolo sagrado que predicaba resignación, conformismo y temor. Así, en esta conjura de hierro y dogma, se tejió el vasallaje de los pueblos originarios.

Más abajo, como una herida abierta en la memoria, aparece una cabeza sangrante. No es un símbolo cualquiera, es el retrato macabro de un ermitaño, quizás un alma rota por la locura o el abandono, que osó alterar la ceremonia sagrada en la Iglesia Matriz. La reacción fue brutal y sin juicio: los caballeros de entonces, espada en mano, lo atravesaron sin piedad. Más tarde, la historia se cubrió de leyenda: le pusieron nombre, apellido, oficio… pero todo fue ficción, un velo para cubrir la sangre. Esa imagen —grotesca, cruel— se convirtió en la primera impresión del escudo de la Riobamba colonial.

Al pie del blasón, reposa la leyenda: «Ciudad muy noble y muy leal San Pedro de Riobamba». Un eco de tiempos ya superados donde la nobleza era privilegio de cuna y la lealtad se medía en grados de sumisión a un trono lejano. Hoy, sin embargo, esas palabras nos suenan huecas. ¿Muy noble? Bolívar, en su visión libertaria, borró de un plumazo los títulos nobiliarios y abolió los falsos linajes que pretendían elevar a unos sobre otros. ¿Muy leal? Tal vez lo fue para esa época, porque así lo exigía el yugo. Pero desde el día en que la libertad se escribió con fuego y coraje en las calles de América, ningún monarca, de aquí o de ultramar, merece nuestro vasallaje.

Sí, es cierto: aquel escudo representó con fidelidad la mentalidad de la antigua Riobamba, la de obediencia y estandartes, la que caminaba bajo el ojo vigilante del imperio. Pero hoy… hoy esa imagen pertenece al pasado, y debería reposar en un museo, como reliquia de una época vencida.

La Riobamba de ahora es otra: es la ciudad que resurgió del desastre, la que marchó con paso firme en la Batalla de Tapi, la que dio amparo a la Primera Constituyente, la que vibra con diversidad, libertad y dignidad. Esa ciudad nueva, plural y rebelde, no se ve reflejada en símbolos que evocan sumisión, intolerancia, muerte y silencio.

Riobamba necesita un nuevo emblema: uno que celebre su espíritu indomable, su mestizaje vibrante, sus hazañas verdaderas y el temple de su pueblo. Un símbolo que hable, no del poder impuesto, sino de la grandeza conquistada con lucha, con pensamiento y con esperanza

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