Riobamba, el cataclismo de 1797

Ilustración IA. Antiguo Riobamba

Nuestra “avenida de los volcanes” muestra sin duda, uno de los más imponentes espectáculos de la naturaleza. A lo largo de todo el callejón interandino, dos cordilleras coronadas de nieve se disputan el cetro de la belleza natural y la primacía de las altas cumbres andinas. Pero bajo esa nieve reluciente palpita el fuego original del mundo y cuando este estalla, causa terribles estragos en la vida de los hombres. Fue lo que ocurrió en nuestro país el 04 de febrero de 1797.

Aquella mañana de invierno había amanecido especialmente oscura y gris, pero nada hacía sospechar que se aproximaba un desastre natural. De pronto, entre 7 y 8 de la mañana ocurrió un formidable terremoto, de cuatro a cinco minutos de duración y de carácter ondulatorio, que afectó a la sierra central y a la parte próxima de la hoya amazónica. Muchos habitantes de nuestras ciudades andinas salieron despavoridos a las calles y lograron salvarse de la hecatombe otros murieron aplastados por sus casas. Y como era domingo, bastantes más perecieron entre las ruinas de los templos, donde se hallaban asistiendo a misa.

Ilustración IA. Riobamba después del terremoto

Dado el carácter del sismo y su duración la destrucción material fue terrible. Riobamba quedó prácticamente borrada de la faz de la Tierra por el terremoto, a lo cual se agregó que él cerro Cullca, situado junto a la ciudad, fue desencajado de su asiento y sepultó a la mayor parte de las ruinas causadas por el movimiento terráqueo. Además, según los informes oficiales, en esta ciudad murieron los dos Alcaldes ordinarios y la mayoría del Ayuntamiento, y sólo sobrevivieron en palabras textuales del informe del presidente Muñoz de Guzmán del 20 de febrero de 1797: “como la octava parte de la nobleza y una mitad de la plebe”.

Ambato, Latacunga y Guaranda quedaron semi destruidas, pero muchas poblaciones de su jurisdicción desaparecieron o quedaron gravemente arruinadas, igual que otros asientos de los Corregimientos de Riobamba y Guaranda y de la Tenencia de Alausí. También quedó destruido el camino de San Antonio, que atravesaba el corregimiento de Guaranda y vinculaba a Guayaquil y Quito. En esta última ciudad fueron desbaratadas las torres de la Catedral, Santo Domingo, La Merced y San Agustín y quedaron cuarteados muchos edificios públicos y casas de habitación; cosa similar ocurrió en los pueblos aledaños a la capital: en la iglesia de El Quinche, se partió el cuerpo piramidal en el que remataba la torre y cayó al suelo, mientras otras iglesias quedaron cuarteadas y semi destruidas. Alausí y los pueblos de su jurisdicción quedaron en tierra y reportaron un gran número de muertos.

No sólo fueron arruinadas las ciudades y pueblos sino también grandes extensiones del campo, por causa del paso de la lava y el lodo volcánico, de la fractura o deslizamiento de los terrenos y de los deslaves que representaron varios ríos de la zona y fueron, a su vez, causa de inundaciones y avalanchas de agua, que arrasaron luego con casas, cultivos y seres vivos. El Presidente y Capitán general de la Audiencia de Quito, don Luis Muñoz de Guzmán, se hallaba descansando en una propiedad campestre de El Quinche cuando acaeció el terremoto, con una “ondulación muy gruesa, tanto que se tenía trabajo en sostenerse en pie”, según escribió.

Como efecto secundario del terremoto todo fue confusión en la región central del país. Empero, poco después empezaron a llegar a Quito informes de autoridades locales y testigos, que sirvieron para que el gobierno redondeara una idea cabal de las causas y alcances del desastre. Algunas gentes de Quito afirmaban que el movimiento telúrico “vino del lado del Pichincha” y agregaban: “Empezó lento, pero apuró después tanto su movimiento que no se ha visto igual en Quito, ni más largo. Poco después del temblor hizo un estruendo que denotaba erupción… y según el celaje se teme repetición. Han padecido detrimento todas las casas y templos.

Las noticias que iban llegando a las autoridades desde el centro del país eran terribles: se decía que los montes de las cordilleras se habían derrumbado sobre el callejón interandino. Que habían muerto la mayoría de los pobladores de varias ciudades. Que todos los cerros habían vomitado fuego, lava y lodo hediondo.

Juan Frías, “hombre blanco vecino del pueblo de Guano, testimonió que la onda sísmica lo alcanzó mientras andaba cerca de Ambato y que fue arrojado al suelo con su caballo por tres o cuatro veces y que luego vio que el cerro de Igualta se abrió por cinco partes, despidiendo por las bocas que abrió llamaradas de fuego y ríos de lodo envueltos con el fuego, los que habiendo tomado el Camino Real lo aterrorizaron…” agregando que, “por donde pasaba la lava asolaba cuanto encontraba, casas heredades y ganados”.

Villa La Unión o Cajamba, población actual edificada en el lugar donde estuvo el Antiguo Riobamba, antes del terremoto. Imagen tomada desde el cerro Cullca, cerro que sepultó a buena parte de la ciudad en 1797

 

Bibliografía: El Cataclismo de 1797, Jorge Nuñez Sánchez, Universidad Estatal de Bolívar, Primera Edición, 1995.
Recopilación: Gustavo Rodríguez
Imágenes: Gustavo Camelos

 

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