
Opinión: El problema es dejar de pensar.
Por: Marco Torres
Una de las mayores tragedias del debate político contemporáneo es la sustitución de las ideas por las etiquetas.
En buena parte de América Latina, basta pronunciar la palabra socialismo para que muchos dejen de analizar propuestas concretas y reaccionen automáticamente. Del mismo modo, en otros sectores basta mencionar términos como neoliberalismo, ultraderecha o fascismo para provocar exactamente el mismo efecto. La discusión desaparece y es reemplazada por reflejos emocionales.
La realidad, sin embargo, es mucho más compleja.
No toda la izquierda es comunista, como tampoco toda la derecha es conservadora o liberal. Existen matices, corrientes y propuestas muy diversas que rara vez caben dentro de una sola etiqueta. Sin embargo, la política moderna parece empeñada en simplificarlo todo para movilizar emociones antes que razonamientos.
Y tampoco se trata de ignorar la historia. El comunismo no es un fantasma inventado. Existen experiencias históricas concretas que justifican las preocupaciones de muchos ciudadanos: restricciones a las libertades, concentración del poder y fracasos económicos en diversos países que adoptaron ese modelo. Descartar esos antecedentes sería tan irresponsable como utilizarlos para descalificar cualquier propuesta de política social.
Cada ideología tiene éxitos, fracasos y lecciones que deben ser estudiadas con seriedad. Pero una democracia madura no debería evaluar las propuestas por el miedo que genera una palabra, sino por sus resultados concretos.
La pregunta importante no es si una medida es “de izquierda” o “de derecha”. La verdadera pregunta es si genera prosperidad, fortalece las instituciones, amplía las libertades y mejora la calidad de vida de los ciudadanos.
Y aquí aparece una realidad que con demasiada frecuencia pasa desapercibida.
El principal problema de la mayoría de nuestros países no es el socialismo, ni el capitalismo, ni la izquierda, ni la derecha. El verdadero problema es la corrupción.
Mientras los ciudadanos discuten apasionadamente sobre ideologías, miles de millones de dólares desaparecen en sobreprecios, contratos amañados, clientelismo político, burocracias ineficientes y redes de poder que utilizan al Estado como un botín.
La corrupción no tiene ideología. Ha prosperado bajo gobiernos de izquierda, de derecha, liberales, conservadores, populistas y tecnócratas. Cambian los discursos, cambian las banderas y cambian los líderes, pero el mecanismo suele ser el mismo: utilizar el poder público para beneficio privado.
Y es precisamente esa corrupción la que explica buena parte del subdesarrollo latinoamericano.
No son las etiquetas las que deterioran las carreteras, debilitan los hospitales, empobrecen la educación pública o espantan la inversión. Son la impunidad, la falta de transparencia y el uso indebido de los recursos que pertenecen a toda la sociedad.
Por eso resulta tan cómodo para muchos políticos alimentar guerras ideológicas permanentes. Mientras la población discute sobre fantasmas, pocos preguntan dónde terminó el dinero, quién se benefició de los contratos o por qué las instituciones siguen siendo tan débiles.
Las democracias no progresan cuando los ciudadanos aprenden a repetir consignas. Progresan cuando exigen resultados, fiscalizan al poder y desarrollan pensamiento crítico.
Porque al final, el debate más importante no es entre socialismo y capitalismo.
El debate verdaderamente decisivo es entre honestidad y corrupción.
Y mientras no entendamos esa diferencia, seguiremos discutiendo etiquetas mientras el subdesarrollo continúa gobernando nuestras regiones.


