8M: la lucha en las calles y en los espacios de decisión

Por: Estefanía Camelos P
Cada 8 de Marzo recordamos que los derechos de las mujeres no fueron concesiones: fueron conquistas. Conquistas nacidas de la organización, de la protesta y de una conciencia colectiva que cuestionó un sistema profundamente desigual.
El movimiento por los derechos de las mujeres tiene raíces claras en las luchas obreras y socialistas de finales del siglo XIX y principios del XX. Surgió de mujeres trabajadoras que exigían condiciones dignas, jornadas justas y participación política. Recordar ese origen incomoda a muchos, como también incomoda la palabra feminismo. No es casualidad: los sistemas de poder suelen intentar deslegitimar las luchas que cuestionan sus privilegios.
A lo largo de la historia, las calles han sido un espacio fundamental para conquistar derechos. Sin la movilización social, muchos de los avances que hoy existen simplemente no habrían ocurrido. Sin embargo, la experiencia también nos ha demostrado algo importante: cuando no hay mujeres con conciencia social en los espacios donde se toman decisiones, los derechos conquistados se vuelven frágiles.
La lucha en las calles es indispensable, pero también lo es la presencia de mujeres feministas en los espacios institucionales, en la política, en la gestión pública, en la academia, en la justicia y en todos aquellos lugares donde se diseñan las reglas que rigen nuestras sociedades. Porque es allí donde se protegen, se amplían o, lamentablemente, también se retroceden derechos.
Además, la disputa por la igualdad no ocurre solo en las leyes, sino también en la cultura. Persisten formas de violencia simbólica que siguen reproduciendo estereotipos sobre el valor y el rol de las mujeres en la sociedad. Ejemplos como ciertos concursos o eventos de belleza que reducen a las mujeres a su apariencia física pueden parecer inofensivos o tradicionales, pero forman parte de una estructura cultural que históricamente ha limitado cómo se nos reconoce y valora en el espacio público.
Hoy vemos con preocupación cómo en distintos lugares del mundo —y también en nuestro país— discursos conservadores y desinformación buscan debilitar avances que parecían ya consolidados. Esto ocurre, en parte, cuando se pierde la memoria histórica de las luchas y cuando dejamos de formarnos políticamente.
Los derechos no son permanentes. Necesitan defensa constante, reflexión crítica y nuevas generaciones comprometidas con la justicia social.
Por eso recuerdo con insistencia, el 8 de marzo no es solo una fecha de conmemoración. Es también un llamado a fortalecer la conciencia colectiva, a seguir organizándonos y a ocupar todos los espacios posibles. Incluso desde lo local, en ciudades como Riobamba, se vuelve evidente que los avances en igualdad dependen de decisiones concretas, de políticas públicas sostenidas y de mujeres comprometidas ocupando espacios donde se define el rumbo de nuestras comunidades.
Porque la transformación social no ocurre únicamente en las calles ni únicamente en las instituciones: ocurre cuando ambas fuerzas se encuentran y avanzan juntas.
Ese es, quizás, uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo.


