La otra cara del crimen de El Ejido

Foto: Internet

Por: Enrique Ayala Mora
Universidad Andina Simón Bolívar

Procesos
Revista Ecuatoriana de Historia
1 semestre 2012

Luego de que Bolívar renunció al poder en 1830, salió de Bogotá casi arrastrado por las masas que antes le habían vivado como Libertador. Le gritaban “longanizo”, “extranjero”. Y cuando luego quiso entrar a Venezuela, no se lo permitieron…

No es que me confundí de acto y estoy hablando de otro tema, sino que me pareció importante iniciar recordando cómo el Libertador, el hombre más grande del continente, llegó a ser impopular entre sus contemporáneos. Lo mismo sucedió con don Eloy Alfaro, pero esto es algo que algunos colegas historiadores, periodistas y, sobre todo, funcionarios de gobierno parece que no logran entender. El general Alfaro llegó a ser muy impopular en el Ecuador. Y, enancados en esa impopularidad real, sus enemigos urdieron y planifica- ron, desde las más altas esferas, su feroz asesinato. No lo mataron a la noche, ni ocultos en las sombras. Lo mataron al medio día, con una poblada de mil personas. Y eso hay que explicarlo.

Sobre todo hay que explicarlo a la gente que ahora no discute que Alfaro es el más grande de los ecuatorianos. Decir que la prensa manipuló a la gente o que los curas eran tan perversos e influyentes que lograron asesinarlo de esa forma no es suficiente. Había razones de fondo para que el pueblo es- tuviera descontento con Alfaro. Por eso lo manipularon, por eso prepararon el asesinato. Afirmar esto no quita la responsabilidad de quienes fueron los mentalizadores del hecho del 28 de enero. Pero deja pendiente la pregunta:

¿Cómo fue que el hombre más grande del Ecuador al fin de su mandato era impopular?

Ángel Emilio Hidalgo ha dicho algunas cosas que son muy importantes. Yo añadiré otras, pero no voy a hablar de cómo fue el asesinato porque presumo que ya lo conocen. Para entender mejor el ideario alfarista, el “decálogo” publicado en El Pichincha en 1896, que acaba de leer Ángel Emilio, hay que añadir otras tesis que no estaban escritas en la prensa. Eso no lo pensaban los intelectuales. Eso pensaban los indios que le ayudaban a Alfaro, no con las armas sino con apoyo logístico y espiando a los conservadores. También lo pensaban los montoneros que lucharon veinte años tras de Alfaro. Pedían “tierra y libertad”. Había un sector importante del pueblo que quería tierra, reforma agraria, que les quitaron a los terratenientes las tierras y las entregaran a los campesinos. Eso no salía en los periódicos porque no era una demanda de la burguesía ni de los intelectuales, pero era una demanda del pueblo. De esos que obligaron a que Alfaro fuera proclamado dictador el 5 de junio, y que siguieron acompañándolo los años siguientes. Otra demanda de la gente era la creación de fuentes de trabajo en las ciudades. Los pobres urbanos demandaban, aunque no tenían demasiado claro el mecanismo, el impulso de la producción manufacturera; lo que ahora podríamos llamar un proyecto industrializador.

Al menos esos dos elementos hay que reconocer como parte del proyecto radical. El proyecto moderado, en cambio, planteaba una modernización conservadora de la sociedad, con la separación de la Iglesia y el Estado, como eje. Ese era el proyecto placista. No es cierto que Leonidas Plaza era un moderado respecto de las medidas anticlericales. Era más radical que Alfaro en cuanto a romper con la Iglesia y, de hecho lo demostró. Pero solo hasta ahí iba su radicalismo. Quien había sido moderado frente a la Iglesia fue el ministro de Alfaro José Peralta, que firmó los convenios en Santa Elena con el delegado del Vaticano, que luego el Congreso se negó a ratificar por considerarlos una claudicación. Esos convenios entregaban otra vez el control ideológico a la Iglesia.
Leonidas Plaza fue muy duro con el clero, pero apenas llegó al poder ins- truyó a su Ministro del Interior que mandara una circular a los gobernadores advirtiéndoles que no fueran a permitir alzamientos indígenas y que volvieran a aplicar los reglamentos del concertaje con toda fuerza. Esa fue la garantía que les dio Plaza a los terratenientes. Y por eso tuvo cuatro años de paz en su gobierno (1901-1905). Además, Plaza le prometió al Presidente conservador de Colombia que no habría ningún apoyo a los liberales colombianos desde el Ecuador. Por eso tuvo tranquilidad en la frontera.

Los dos proyectos terminaron definitivamente enfrentados en 1906, cuando Alfaro, acudiendo a la lealtad del ejército, a sectores de la intelectualidad y a grupos medios, dio un golpe de Estado contra un exgerente del Banco Comercial y Agrícola, que era Presidente de la República. En ese año, Alfaro llegó al poder apoyado ya no por todas las fuerzas que le llevaron el 95. ¿Cuál fue la última plaza que tomaron, y con sangre?: Guayaquil. La última plaza que tomó la segunda revolución alfarista fue Guayaquil, la cuna de la Revolución liberal. Eso es sintomático.

En su segundo mandato, Alfaro se propuso algunas metas que llegó a cumplir, como inaugurar el Ferrocarril, y otras que no alcanzó. Lo primero que hizo es levantar el proyecto industrial. Don Eloy Alfaro emitió, siendo dictador, una ley de fomento y protección industrial que en pocos meses la Asamblea Constituyente la tiró abajo. Pero, en eso, los curas y la aristocracia conservadora no estuvieron en contra. Algunos lo apoyaron. Quien presionó a los legisladores para que emitieran una ley de importación libre de alimentos que destruyó la protección industrial fueron los comerciantes y banqueros de Guayaquil, viejos enemigos de Alfaro, que se la cobraron en esa e hicieron fracasar el proyecto industrialista. Obviamente, Alfaro tuvo pocos aliados en esto. Curiosamente uno de ellos fue el fundador del Banco del Pichincha, Manuel Jijón Larrea, que fue partidario de esta iniciativa de Alfaro. El fracaso del proyecto industrialista de Alfaro dejó frustradas a muchas gentes, a mu- chos artesanos que querían ser industriales, a quienes buscaban trabajo en las ciudades.

Como ya lo mencionó Ángel Emilio, en su segunda administración Alfaro se enfrenta a los sectores medios, algunos de ellos intelectualmente radicales; incluso a quien se decía prosocialista, como Belisario Quevedo. Los grupos medios, entre ellos los universitarios, eran antialfaristas y realizaron mítines a propósito de las elecciones. El gobierno de Alfaro los reprimió a balazos. Pero tomemos en cuenta que habían otros radicales que eran artesanos y campesinos que venían del pueblo y siguieron siendo alfaristas. Se radicalizaron en otra vía, que no era la de la pequeñoburguesía sino la vía popular. Eran, claro, una minoría, que siguió leal a Alfaro hasta el final.

La Ley de Manos Muertas enojó al clero, y enojó a los antiguos arrendatarios de las haciendas que eran conservadores. Pero no contentó a los campe- sinos e indígenas, porque ni siquiera esas tierras que pasaron a ser del Estado fueron repartidas entre los trabajadores. El grito “tierra y libertad” quedó en mero discurso porque, realmente, aparte de unas pocas disposiciones sobre abusos del concertaje, Alfaro no hizo nada por los indígenas, pese a su enorme voluntad de hacerlo. Hubo una frustración de las masas en ese sentido.

El ferrocarril, esta obra fundamental para nuestro país, era impopular al principio. Hubo mucha euforia en la inauguración y todo el mundo creyó que podía, con muy poco dinero, viajar de Quito a Guayaquil y viceversa. Pero el ferrocarril era carísimo. Por ejemplo, los fletes de una carga de Quito a Guayaquil eran más caros que de Guayaquil a Hamburgo. El pueblo nunca se llegó a subir al ferrocarril por los costos. Por otra parte, los “arrieros” estaban en contra del ferrocarril porque les quitaba carga. Los terratenientes estaban en contra porque les quitaba trabajadores. La empresa les pagaba dos reales y les daba comida a los peones; en cambio, los terratenientes pagaban medio, máximo un real. Luego, la compañía, que tenía una enorme cantidad de empleados, compraba productos en el mercado y con eso subían todos los precios.

Hay una cosa que, a primera vista, es elemental. No me la enseñó la investigación sino una empleada doméstica de la familia, que decía: “el viejo barbas de chivo hasta subió la leña”. ¿Qué había pasado? Las locomotoras del ferrocarril funcionaban con leña y la empresa la compraba masivamente. Ese combustible, que era casi gratis, subió de precio y se volvió un artículo de especulación.

Hay otro aspecto. Con la crisis internacional desatada frente al Perú en 1910, Alfaro se cubrió de gloria y recuperó su popularidad. Pero tuvo que pagar un doble precio. Primero una junta de notables creada frente al conflicto comenzó a presionar fuertemente al gobierno. Con Luis Felipe Borja y González Suarez a la cabeza, pidió a Alfaro moderación y no avanzar en el proceso. Segundo, la movilización militar cuesta plata. Subieron los impuestos y dejaron de pagar a los empleados públicos para sufragar la movilización militar. Eso creó más descontento. Había también descontento de los cuarte- les. Para pagar las armas que se importaron hubo que reducir las raciones a los militares. Hubo que aumentar el ejército, meter gente, nombrar oficiales y luego licenciarlos sin pagarles lo que la ley había establecido, porque no había dinero.

En fin, Alfaro se había deteriorado personalmente. Muy temprano desarrolló arterioesclerosis; se dormía en las reuniones y tenía menos tiempo para el gobierno. Don Eloy llegó a ser muy popular en Quito durante sus años de gobernante. Los niños lo seguían en las calles; las mujeres, las beatas que pensaban que era un demonio, terminaron convencidas de que era un hombre generoso. Pero cada vez gobernó menos. Tomaban decisiones sus hijos, que no heredaron su capacidad. Además, no se olviden que tenía un sobrino que se llamaba Flavio. Era muy ambicioso y se volvió su enemigo. Había sido placista, ministro de Plaza. Cuando se anunció el retorno de Alfaro, luego en las revueltas de diciembre de 1911, la primera condición que puso su sobrino fue que Don Eloy no tuviera ningún mando.

Por otro lado, no había solo problemas ideológicos o malas voluntades. Había una cuestión económica de fondo. Don Eloy Alfaro creía en la intervención del Estado y la modernización fiscal. En su primer gobierno entregó a la Sociedad de Crédito Público la recaudación de varios impuestos en la Costa. En su segunda administración promovió la gestación de la Compañía Nacional Comercial, que se encargó de recaudar los impuestos de aduana. Era algo similar a las verificadoras o la SGS. Les quitó a los banqueros la prerrogativa de manejar la aduana para cobrar sus préstamos. Los bancos tenían ese negocio adicional, pero Alfaro le entregó el cobro a esa empresa que elevó los ingresos públicos, pero con un descontento feroz de la banca y el comercio de Guayaquil. Los grupos más poderosos no querían pagar el sostenimiento del Estado. ¿Quién era el presidente de esa compañía? Don Emilio Estrada, el sucesor de Alfaro, tan impopular el pobre señor, aun en Guayaquil, que, para hacerle ganar, tuvieron que meter 103.000 votos en las urnas, contra 3.708 de Flavio y 2.583 de Alfredo Baquerizo Moreno.

Pero una vez que ganó, Alfaro se dio cuenta de la impopularidad de su sucesor, que estaba enfermo y se iba a morir si se venía a Quito. Quiso con- vencerlo de que renunciara, pero Estrada comenzó a pactar con sus adversarios, con el placismo. Esto es absolutamente cierto. Ahí está el libro de Víctor Emilio Estrada, que nos cuenta esa realidad. Cuando Alfaro fue defenestrado el 11 de agosto de 1911, la poblada casi lo mata. Ese fue el ensayo del 28 de enero. A Alfaro lo salvó el ministro chileno, que lo sacó del palacio escoltado para que no lo arrastrara la poblada que se levantó contra él.

La frustración popular y todos los motivos mencionados fueron creando la impopularidad de Alfaro. Luego vino la guerra civil con mil muertos. Ahora he oído que la cifra oficial dada por las entidades del alto gobierno es 3.000. Deberíamos creer eso porque podría haber consecuencias si no lo aceptamos, pero no es verdad. Fueron algo más de mil: 400 en Huigra, 60 en Naranjito –la única batalla que dirigió el general Plaza– y 600, más o menos, en Yaguachi, que fue la más cruenta de todas. Ahora bien, el ejército ecuatoriano estaba integrado mayoritariamente por serranos. La guarnición de Guayaquil que proclamó la revuelta de Montero era en su mayoría serrana. Los costeños eran los insurrectos de Flavio, unos pocos que fueron a Guayaquil a sumarse al ejército de Montero. Y el ejército que fue a contener la revolución también era en su mayoría serrano. Se mataron entre serranos. Esos muertos, que eran exhibidos públicamente en las calles de Quito cuando llegaban del frente, al final terminaron imputados al que perdió la guerra.

Para concluir, quisiera decir que el deterioro del alfarismo no es imputable solo a este o este otro motivo, sino a uno todavía más radical y fundamental: el proyecto revolucionario se había agotado. No pudo avanzar y dejó muchas frustraciones. Alfaro quedó atrapado como los líderes revolucionarios que se adelantaron a su tiempo. Agustín Cueva dice que la Revolución liberal fue todo lo que pudo ser y llegó hasta ahí. Alfaro ya no iba a hacer reforma agraria, ya no iba a poner en marcha el proyecto industrialista. Pero era un elemento desestabilizador. Cuando comenzaba el descenso del auge cacaotero, cuando se sabía que iba a haber problemas económicos, surgió la necesidad de estabilidad. Las masas tenían que ser controladas porque Alfaro podía exaltarlas de todas maneras. Uno de los miedos que tenían sus enemigos cuando lo traían a Quito en el ferrocarril era que si no tenían a ese batallón de antialfaristas, quizá Alfaro los convencía a los soldados en el camino y, como en el año 1906, al grito de “viva Alfaro”, ese mismo ejército se hubiera cambiado de lado. Pero no fue así. En realidad grupos de soldados asaltaron el penal y participaron en la matanza de los presos.

Cuando la Revolución había llegado a un punto de agotamiento y Alfaro como líder revolucionario no pudo llegar más allá frente a las expectativas de sus bases, se agotó su proyecto y se produjo el hecho de su impopularidad. Así se explica cómo los curas desde el púlpito (que era mucho más influyente que un periódico), la prensa antialfarista, los rumores y los “mítines” instigados, confluyeron para azuzar a la masa, a ese sector del pueblo que lo arrastró.

Concluyo diciendo que la muerte de Alfaro tuvo sus milagros. Para asesinarlo, para consumar el crimen, el “ciego” Vela, anticlerical furibundo, pedía la muerte de Alfaro como “justicia de Dios”; los curas y los liberales placistas, que se habían peleado por la ruptura entre Iglesia y Estado, estaban juntos, cogidos de la mano, botando sogas desde los balcones y aplaudiendo el arrastre en las calles. Y las prostitutas que lo arrastraron gritaban “viva la religión”. Ese fue el costo de la vida y la muerte de Alfaro.

Texto tomado de:

Revista Procesos
Revista Ecuatoriana de Historia
1 semestre 2012, Quito

Autor: Enrique Ayala Mora
Universidad Andina Simón Bolívar

Monumento a Eloy Alfaro – Plaza Alfaro, Riobamba. Foto: G Camelos

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